Hola, me llamo Alejandro y sí, soy gay,
homosexual o “maricón”, como prefiráis llamarlo. Normalmente no suelo alardear
de nada que tenga que ver con mi vida privada al igual que odio las etiquetas
sociales que tanto daño han hecho.
El motivo de una presentación tan directa e impertinente
es sencillo, es cuestión de eliminar el miedo a llamar a las cosas por su
nombre. También tengo que confesar que posee una segunda intención más sencilla
que la anterior. Demostrar que la libertad es un derecho y no un tabú del que
tenga que avergonzarme.
Hoy puedo decir con la cabeza bien alta que
me alegro de ser quien soy y como soy.
Hoy me gustaría decir con la cabeza bien alta que la sociedad me acepta. Todo
gira en torno a la hipocresía y la puñetera costumbre de mostrar una cara
amable a algo que a mucha gente le produce autentico asco. Aunque amigos, más
asco da no poder ser feliz por no tolerar, por no aceptar que otros sean
distintos o por rechazar lo que da miedo.
Ya desde muy pequeño tuve que soportar las
bromas infantiles, las miradas indiscretas de esas personas que no entendían mi
elección, los comentarios en voz baja de gente cobarde o incluso la vergüenza que
otros me hicieron cargar. Pero, no puedo decir que he estado solo en todo esto,
porque sería injusto al igual que mentira. Mis verdaderos amigos, mi familia…
mil gracias.
Pero dejando individualismos aparte, quiero
lanzar un mensaje o quizá el único mensaje que cabe en estas palabras. Esta
dirigido a esa parte de la sociedad que nos repudia, que nos odia y que nos
insulta. A esas personas orgullosas de vulnerar la libertad de actuación, a
esas otras que promulgan el amor al prójimo hasta que me acuesto con ellos… soy
feliz, y eso es algo que muchos de vosotros no podéis decir. Dejad de matar el amor, independientemente del
sexo que lleve y preocuparos por buscar un motivo más alentador en vuestras vidas
que el de joder a los demás.
La tolerancia se hizo para usarla, no para pintarla.