domingo, 11 de noviembre de 2012

Delirios


Lo siento, es algo tan grande como la propia naturaleza humana. Es el éxito configurado, la fama de una personalidad, la gloria de una versión olvidada de mí mismo.
Ya perdí la cuenta de los cigarrillos que aspirado, de las malas noches, de las botellas de ese alcohol que sabe a madera vieja. No sé la cantidad de éxtasis que encontrarían en mi sangre. Sinceramente no recuerdo ni nombre. Ese nombre que otros muchos si pronuncian, ese nombre que me ha enseñado la mejor cara de la vida, ese nombre que me ha mostrado el lado más amargo del camino.
Mis pequeños delirios han sido mis más profundas enfermedades. La locura ha hecho de mis días una aventura difícil de entender, en un mismo paso suelo ganar y perder. Quieren mi horror, mis miedos y mi sentido del humor. Carecen de criterios de autodeterminación, pues en mis debilidades encontrarán sus más terribles perdiciones.
Porque pudo conmigo, podrá con ellos. Es el límite, es la gravedad, es el crimen de un hombre atado, la barbarie de una sociedad con miedos la que terminará por destruir todo lo que un día ella misma forjó. Y es que estimados amantes de la cordura, las grandes historias también se hicieron para contar los grandes fracasos, un fracaso tan real como doloroso, un fracaso tan cierto como mi propia vida.
En algún momento el filo de amargura terminará por tumbarme, no podré responder por la sumisión de mis días en esa oscuridad a la que siempre he retado. El servicio de un hombre al mundo puede aportar maravillas o desgracias, yo ya decidí mi camino. Querida perdición, cada día te quiero un poco más.
Y no me arrepiento, mi decisión ha sido solo mía. Siento quitarte el protagonismo al que estas acostumbrado para decirte que no vales nada, que has sido un olvidado cero a la izquierda. Y me gustaría achacarte todas y cada una de mis desgracias, me encantaría gritarle al mundo lo cobarde que has sido. Pero en esta ocasión, no es el veneno de tus labios lo que tortura, es otro tipo de amargura.
Quiero el mundo, lo quiero todo. Y por querer tanto me dejaron de querer hasta el punto de querer no querer, hasta el punto de implorar querer.
Confesiones compartidas de un perturbado, de un hombre al cual el aire no le basta para respirar.