viernes, 13 de abril de 2012

Heladas de guerra.

Todo comenzó una mala mañana de un mal año que aun puedo recordar. El destino quiso colocarme una zancadilla más y ponerme otra de esas duras pruebas, esas que solo superamos con fuerza procedente de lugares escondidos hasta que llegan las situaciones difíciles.

Una lista a la que odiaré por el resto de mi vida decidió que era el año de partir hacia una instrucción militar que me condenaba en todos los sentidos en los que se puede condenar a una persona. Condenaba mi libertad, mi amor e incluso mi paternidad. Fue indescriptible verme sentenciado a los 25 años.

Mi nombre figuraba más o menos a mitad del papel de la blanca muerte. Ernesto Martínez Figueroa era mi nombre, era el nombre que reclamaba la patria para que fuera a servirle.

Una vez que pude recomponerme de aquella terrible noticia, mi cuerpo comenzó a andar tembloroso hacia el salón. Allí se encontraban los dos grandes amores de mi vida, las dos personas por las que seguía siendo persona y las dos personas por las que cambie hasta la forma de hablar.

Carolina, la persona con la que compartía sexo, amor y un hijo maravilloso, me miró con el dibujo de la tristeza y la desesperación puesto en su cara. Comprendió, sin decirnos palabras, que la carta con el sello del gobierno que llevaba bajo el brazo nos imponía una separación inmediata. La guerra no esperaba y mañana mismo salía el avión que me llevaba al frente, mañana mismo empezaría el capítulo más difícil de toda mi vida…

miércoles, 11 de abril de 2012

Atípica.

Giulietta poseía unos talentos especiales. No era una gran deportista, tampoco dibujaba especialmente bien y no destacaba por sus dotes de canto. Era una chica sencilla, con una rutina sencilla y con unos dones especiales como el de escribir y captar.
Escribir porque transmitía magia propia de los cuentos de hadas, te hacía soñar con el simple aliento de las palabras que colocadas y usadas correctamente creaban los más perfectos y dulces mundos que jamás hayamos conocido. En otras palabras, regalaba imaginación.
La segunda habilidad que la hacia brillar nacía de la primera, puesto que escribir le hacia libre para pensar y esa pequeña parte que quedaba virgen y desatada de monseñor ignorancia era la que la convertía en la mejor captadora de sueños, personas y felicidad.
Una mañana parecida a la de hoy, tuve la grata sorpresa de poder leer una pequeña obra escrita por la chica de los recuerdos enfrascados y sobre todo ordenados.
Mi primera sensación fue de sorpresa y pánico al sentir aquella narración como parte de su realidad; no me equivoqué demasiado.
La captadora tenía la capacidad de volver realidad lo que sus letras contaban y esa mañana lo descubrí.
Justo después de leer el crudo relato, mis ojos se encontraron con la atípica muchacha que escribía atípicos relatos y entonces comprendí que su vida no había sido fácil.
Comprendí que lo que contaba no solo era parte de su realidad si no parte de un mundo que un sueña. Era el reflejo fiel de muchos casos de amores imposibles por mera inexistencia, los muchos cuentos que se quedaban sin escribir o las muchas esperanzas que quedan dominadas por el miedo.
Desde entonces, la chica poco usual o por que no "rara" que se sentaba delante de mi todas las mañanas como las de hoy, pasó a ser una de las personas que más respeto por su grandeza y una a las que admiro profundamente por saber captar realidad y hacerla ficción.
Siempre a tus pies.

domingo, 1 de abril de 2012

Roban libertad.

Hoy ha sido un día especial en todos los sentidos. He despertado junto a la persona que amo, he pasado tiempo con esos grandes señores amigos que tengo la suerte de tener y espero una visita un tanto peculiar. Lo curioso del día vino marcado no por todas estas cosas especiales y sin duda alguna únicas y propias de una persona afortunada si no por un viaje en transporte público que una vez más me hizo reflexionar, y el mero acto de pensar poco después se tradujo en escribir.

Para volver, cogí la guagua como de costumbre. Nada nuevo ni sorprendente (en ocasiones lo es) hasta que reparé en una conversación que estaba teniendo lugar justo delante de mi asiento. Una muchacha de no más de 25 años y de aspecto algo más envejecido relataba una historia un tanto cruda y por qué no, dura.

Contaba que su novio había ingresado en prisión hacia cosa de dos años por un atraco. No quiso dar detalles ya que lo contaba a un compañero que conocía de ese mismo trayecto, es decir, le conocía más o menos lo mismo que a mí. Entre lágrimas ya repetidas en anteriores ocasiones, le contaba que tenía una niña de dos años a la que su padre no había conocido y que como cada domingo más se dirigía a prisión, a ver al hombre que le había regalado el ser madre, al hombre al que ella amaba. También contó en un estado un tanto más nervioso que no entendía como habían llegado a estar separados por cuatro verjas de metal y que aun faltaba algún tiempo para poder volver a verlo en libertad.

Al pronunciar la palabra que designa la propiedad más fundamental para que la vida sea vida, la muchacha se derrumbó ante mis ojos. No pude evitar que se me formara el incomodo nudo de la garganta que te quema y te hace pequeño y que una lágrima en señal de profunda tristeza resbalara por mi cara.

Él joven encarcelado se encontraba entre rejas, la madre jovial se encontraba sin su amor, yo me encontraba sin habla y el mundo se encuentra con una moral basura.

Cada día que pasa me asombra mi capacidad de decepción por el mundo y el sistema que me rodea. Mi mente no logra entender como castigamos a delincuentes con los mismos castigos que condenamos. No es justo.

La sociedad está haciendo gala de algo hipócrita y bajo de moral. Ya nuestro sistema no trata de ayudar si no de castigar y en lugar de enseñar, ellos mismos cometen los delitos que condenan, roban. Y no roban dinero, roban algo mucho más esencial para vivir. Roban vida, roban libertad.