Todo comenzó una mala mañana de un mal año que aun puedo recordar. El destino quiso colocarme una zancadilla más y ponerme otra de esas duras pruebas, esas que solo superamos con fuerza procedente de lugares escondidos hasta que llegan las situaciones difíciles.
Una lista a la que odiaré por el resto de mi vida decidió que era el año de partir hacia una instrucción militar que me condenaba en todos los sentidos en los que se puede condenar a una persona. Condenaba mi libertad, mi amor e incluso mi paternidad. Fue indescriptible verme sentenciado a los 25 años.
Mi nombre figuraba más o menos a mitad del papel de la blanca muerte. Ernesto Martínez Figueroa era mi nombre, era el nombre que reclamaba la patria para que fuera a servirle.
Una vez que pude recomponerme de aquella terrible noticia, mi cuerpo comenzó a andar tembloroso hacia el salón. Allí se encontraban los dos grandes amores de mi vida, las dos personas por las que seguía siendo persona y las dos personas por las que cambie hasta la forma de hablar.
Carolina, la persona con la que compartía sexo, amor y un hijo maravilloso, me miró con el dibujo de la tristeza y la desesperación puesto en su cara. Comprendió, sin decirnos palabras, que la carta con el sello del gobierno que llevaba bajo el brazo nos imponía una separación inmediata. La guerra no esperaba y mañana mismo salía el avión que me llevaba al frente, mañana mismo empezaría el capítulo más difícil de toda mi vida…