Hoy ha sido un día especial en todos los sentidos. He despertado junto a la persona que amo, he pasado tiempo con esos grandes señores amigos que tengo la suerte de tener y espero una visita un tanto peculiar. Lo curioso del día vino marcado no por todas estas cosas especiales y sin duda alguna únicas y propias de una persona afortunada si no por un viaje en transporte público que una vez más me hizo reflexionar, y el mero acto de pensar poco después se tradujo en escribir.
Para volver, cogí la guagua como de costumbre. Nada nuevo ni sorprendente (en ocasiones lo es) hasta que reparé en una conversación que estaba teniendo lugar justo delante de mi asiento. Una muchacha de no más de 25 años y de aspecto algo más envejecido relataba una historia un tanto cruda y por qué no, dura.
Contaba que su novio había ingresado en prisión hacia cosa de dos años por un atraco. No quiso dar detalles ya que lo contaba a un compañero que conocía de ese mismo trayecto, es decir, le conocía más o menos lo mismo que a mí. Entre lágrimas ya repetidas en anteriores ocasiones, le contaba que tenía una niña de dos años a la que su padre no había conocido y que como cada domingo más se dirigía a prisión, a ver al hombre que le había regalado el ser madre, al hombre al que ella amaba. También contó en un estado un tanto más nervioso que no entendía como habían llegado a estar separados por cuatro verjas de metal y que aun faltaba algún tiempo para poder volver a verlo en libertad.
Al pronunciar la palabra que designa la propiedad más fundamental para que la vida sea vida, la muchacha se derrumbó ante mis ojos. No pude evitar que se me formara el incomodo nudo de la garganta que te quema y te hace pequeño y que una lágrima en señal de profunda tristeza resbalara por mi cara.
Él joven encarcelado se encontraba entre rejas, la madre jovial se encontraba sin su amor, yo me encontraba sin habla y el mundo se encuentra con una moral basura.
Cada día que pasa me asombra mi capacidad de decepción por el mundo y el sistema que me rodea. Mi mente no logra entender como castigamos a delincuentes con los mismos castigos que condenamos. No es justo.
La sociedad está haciendo gala de algo hipócrita y bajo de moral. Ya nuestro sistema no trata de ayudar si no de castigar y en lugar de enseñar, ellos mismos cometen los delitos que condenan, roban. Y no roban dinero, roban algo mucho más esencial para vivir. Roban vida, roban libertad.
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