Hoy caminaba tranquilo por las calles del pueblo que me vio nacer. Por esas calles que me vieron reír y llorar, por esos recovecos que conocen hasta mis secretos más íntimos. Caminaba con el ánimo álgido y con una sonrisa como compañera, el motivo para mí era evidente. Pero de pronto, cuando el sol deslumbro mis oscuros ojos y solté alguna lágrima como mecanismo de defensa, reparé en aquella casa que me dio motivos para escribir, una vez más.
No era una casa llamativa en ninguno de sus aspectos. No presentaba dosis de grandeza, ni mucho menos de belleza pero ahí estaba, en medio de dos casas más, en una manzana más de un pueblo más. Lo curioso de la situación vino cuando mi mente se empeñó en recordar aquella vieja casa con anterioridad.
Busqué en recuerdos de mi niñez, sería fácil localizar un viejo montón de bloques probablemente construido desde hacia algunas décadas. No encontré nada.
Volví a buscar en recuerdos de mi adolescencia inacabada, sería fácil encontrar un no tan viejo recuerdo que me revelase la claridad que andaba buscando. Volví a encontrar nada, vacío.
En un último esfuerzo por recordar con anterioridad aquella casa que empezaba a inquietarme, mi mente no alcanzó a recordar nada que tuviera que ver con aquella pared pálida con una humilde ventana cerrada y empolvada por el olvido.
Entonces, mi mente entendió lo que pasaba perfectamente. Nunca había reparado en la existencia de aquella casa, mis recuerdos no la recordaban. Comprendí que la raíz del problema no era mi aparente corta memoria, era mi forma de vivir lo que no encajaba.
Había pasado días, semanas y años en este pueblo y no me acordaba de una casa que me había visto crecer. Mi mente empezó a reflexionar. ¿Será que vivo sin fijarme en lo que me rodea? ¿Soy tan egoísta que no me paro a pensar en mi entorno? ¿Puede ser el egocentrismo lo que está mermando la vida del ser humano?
No cabe duda, vivimos sin pensar. La humanidad, ha creado cosas hermosas como el amor o la amistad, pero también ha sido capaz de crear sentimientos tan tristes como la soledad o el egoísmo. Vivimos el día a día, sin prestar atención a nada, sin amar lo que hacemos o sin sufrir nuestros errores.
Hemos hecho del presente un estanco, una parada de ilimitada duración que nos vuelve más pobres y miserables. Porque no importa otra que cosa que el yo, porque no importa nada más que no sea yo. Y así nos va. El mundo con pobreza por el egoísmo, la sociedad inhumana por la adoración al individualismo y la desesperación reinando las calles porque nos cuesta ver más allá que nosotros.
Ya sabios predecían que el pueblo unido jamás será vencido, pero si la unidad falta, faltará todo lo demás.
Atentamente, alguien que da la bienvenida a uno de los tiempos más tristes que el ser humano pueda recordar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario