Caminar sin un rumbo fijo suele
ser una de mis mayores aficiones. Lo veo como un regalo a la mente, un
respiro a la cordura que se esfuma para dar paso a esos pensamientos que
solemos tener reprimidos. Damos rienda suelta a nuestra imaginación, a nuestras
emociones y sensaciones. Pensamos en aquellas contestaciones que nunca dijimos,
aquellas lágrimas que nos tragamos, esas sonrisas contenidas por el orgullo,
aquellos viejos y empolvados recuerdos que aparcamos en nuestros corazones.
Lógicamente lo extraño no fue
eso. Aquella tarde no salí para pensar ni en mí ni en mi entorno, hace ya
tiempo que respiro aires renovados, no anclados en la nostalgia, más bien en el
dolor. Aquella tarde salí para pensar en esas historias que quedan por
descubrir, esas vivencias que aun no han sido contadas, esos cuentos o
pesadillas que nos rodean aunque nosotros ni nos percatemos de su existencia.
Y como un niño al que le encanta
jugar comencé a imaginar. Por un momento observé todos y cada uno de esos
coches que transitaban por las calles de esa ciudad que tanto me ha regalado
este año. Después de ver unos cuantos, empecé a imaginar cual sería la historia
que encerraban, cual serían los secretos de todos esos conductores que
transitaban pensando en todo menos en mí.
Pude ver en un fabuloso mercedes
a una señora de avanzada edad, muy bien arreglada, con peinado de peluquería y
maquillaje del caro. Nada más mirarle pude ver su extravagante sentimiento de
superioridad. Pude ver a una mujer llena y vacía. Llena de dinero, ropa y
joyas, vacía de amor, unidad y alegría. Era una importante empresaria a la cual
la vida le brindó todo y por el egoísmo se quedó así, sin un abrazo que
regalar, sin un beso que dar.
Otro coche bastante más modesto
pasó a su lado. Tenía el espejo retrovisor derecho roto, pegado con cinta aislante
y una rueda delantera sin tapacubos. El conductor era un hombre, mediana edad,
mediana estatura, mediano estilo de vida. Su familia no destacaba por la
tranquilidad, desde hacía más de dos años esos cuatro hermanos peleaban por una
absurda herencia familiar. Le quedaban dos meses de contrato en aquella
frutería de la esquina, después no tenía ni idea de lo que sería de él ni de
sus dos hijos. La angustia recorría su cara y parecía conducir con prisas, la
misma angustia que para llegar a fin de mes, la misma prisa que para llegar a casa y
dar de cenar a sus dos tesoros.
Un poco más tarde pasó otro coche
rojo, mejor que el segundo, peor que el primero. Lo conducía una chica joven,
no más de 25 años. Era una estudiante de relaciones laborales aunque en sus
ratos libres le encantaba ejercer aquel “titulillo” (como llamaba en tono
despectivo su madre) de peluquería. Era una chica valiente, luchadora y muy
enamoradiza aunque últimamente vivía unos tiempos muy desencantados. Por su
cabeza rondaba la idea de marchar, de irse de su hogar para encontrar ese trabajo
que aquí no lograría. No dormía pensando por las noches en todo lo que dejaría
atrás, sus amigos, su novio, su familia. Era la injusticia que asola nuestra
vida, el drama de una juventud sin esperanza, sin sueños.
El último coche al que dirigí mis
pensamientos aquella tarde fue un todo-terreno Lo conducía una señora de unos
40 años, pelo oscuro y ondulado. Su expresión no dejó lugar a ninguna duda, era
el símbolo de la lucha hecho persona. Sus ojos lagrimeaban, había visto a ese
hombre en aquellas calles de la vieja Vegueta, las mismas calles donde años
atrás fue abandonada por el señor al que le cuesta llamar papá. Aunque aparentaba
que le había perdonado su corazón jamás borró ni borrará esa herida. A pesar de
ello, Estela en cierto modo lo agradecía, de no ser así jamás hubiera conocido
a esas maravillosas personas a las que ella sentía como sus verdaderos padres. No
contento el destino con esto, hacía poco más de un año había perdido a una de
sus hijas en un accidente de tráfico. Definitivamente el mayor tipo de crueldad se había cebado con aquella mujer, aunque ella se empeñó en
demostrarse a sí misma que no podrían con ella, no había nacido para darse por
vencida.
De repente volví en mí cuando ya
me encontraba bastante lejos de mi lugar de origen. Aquellos pensamientos sobre
las hipotéticas e inventadas vidas me habían llevado más de 20 minutos de camino.
Para mi sorpresa me encontraba delante de un espejo de una antigua librería de
una conocida calle, una librería que probablemente tendría más años que yo. El
espejo me devolvió el reflejo de otra historia, de otras vivencias tan ciertas
e irreales como las de aquellos coches, historias dignas de ser vividas, de ser
contadas.
