sábado, 29 de diciembre de 2012

Cuentos motrices.


Caminar sin un rumbo fijo suele ser una de mis mayores aficiones. Lo veo como un regalo a la mente, un respiro a la cordura que se esfuma para dar paso a esos pensamientos que solemos tener reprimidos. Damos rienda suelta a nuestra imaginación, a nuestras emociones y sensaciones. Pensamos en aquellas contestaciones que nunca dijimos, aquellas lágrimas que nos tragamos, esas sonrisas contenidas por el orgullo, aquellos viejos y empolvados recuerdos que aparcamos en nuestros corazones.
Lógicamente lo extraño no fue eso. Aquella tarde no salí para pensar ni en mí ni en mi entorno, hace ya tiempo que respiro aires renovados, no anclados en la nostalgia, más bien en el dolor. Aquella tarde salí para pensar en esas historias que quedan por descubrir, esas vivencias que aun no han sido contadas, esos cuentos o pesadillas que nos rodean aunque nosotros ni nos percatemos de su existencia.
Y como un niño al que le encanta jugar comencé a imaginar. Por un momento observé todos y cada uno de esos coches que transitaban por las calles de esa ciudad que tanto me ha regalado este año. Después de ver unos cuantos, empecé a imaginar cual sería la historia que encerraban, cual serían los secretos de todos esos conductores que transitaban pensando en todo menos en mí.
Pude ver en un fabuloso mercedes a una señora de avanzada edad, muy bien arreglada, con peinado de peluquería y maquillaje del caro. Nada más mirarle pude ver su extravagante sentimiento de superioridad. Pude ver a una mujer llena y vacía. Llena de dinero, ropa y joyas, vacía de amor, unidad y alegría. Era una importante empresaria a la cual la vida le brindó todo y por el egoísmo se quedó así, sin un abrazo que regalar, sin un beso que dar.
Otro coche bastante más modesto pasó a su lado. Tenía el espejo retrovisor derecho roto, pegado con cinta aislante y una rueda delantera sin tapacubos. El conductor era un hombre, mediana edad, mediana estatura, mediano estilo de vida. Su familia no destacaba por la tranquilidad, desde hacía más de dos años esos cuatro hermanos peleaban por una absurda herencia familiar. Le quedaban dos meses de contrato en aquella frutería de la esquina, después no tenía ni idea de lo que sería de él ni de sus dos hijos. La angustia recorría su cara y parecía conducir con prisas, la misma angustia que para llegar a fin de mes, la misma prisa que para llegar a casa y dar de cenar a sus dos tesoros.
Un poco más tarde pasó otro coche rojo, mejor que el segundo, peor que el primero. Lo conducía una chica joven, no más de 25 años. Era una estudiante de relaciones laborales aunque en sus ratos libres le encantaba ejercer aquel “titulillo” (como llamaba en tono despectivo su madre) de peluquería. Era una chica valiente, luchadora y muy enamoradiza aunque últimamente vivía unos tiempos muy desencantados. Por su cabeza rondaba la idea de marchar, de irse de su hogar para encontrar ese trabajo que aquí no lograría. No dormía pensando por las noches en todo lo que dejaría atrás, sus amigos, su novio, su familia. Era la injusticia que asola nuestra vida, el drama de una juventud sin esperanza, sin sueños.
El último coche al que dirigí mis pensamientos aquella tarde fue un todo-terreno  Lo conducía una señora de unos 40 años, pelo oscuro y ondulado. Su expresión no dejó lugar a ninguna duda, era el símbolo de la lucha hecho persona. Sus ojos lagrimeaban, había visto a ese hombre en aquellas calles de la vieja Vegueta, las mismas calles donde años atrás fue abandonada por el señor al que le cuesta llamar papá. Aunque aparentaba que le había perdonado su corazón jamás borró ni borrará esa herida. A pesar de ello, Estela en cierto modo lo agradecía, de no ser así jamás hubiera conocido a esas maravillosas personas a las que ella sentía como sus verdaderos padres. No contento el destino con esto, hacía poco más de un año había perdido a una de sus hijas en un accidente de tráfico. Definitivamente el mayor tipo de crueldad se había cebado con aquella mujer, aunque ella se empeñó en demostrarse a sí misma que no podrían con ella, no había nacido para darse por vencida.
De repente volví en mí cuando ya me encontraba bastante lejos de mi lugar de origen. Aquellos pensamientos sobre las hipotéticas e inventadas vidas me habían llevado más de 20 minutos de camino. Para mi sorpresa me encontraba delante de un espejo de una antigua librería de una conocida calle, una librería que probablemente tendría más años que yo. El espejo me devolvió el reflejo de otra historia, de otras vivencias tan ciertas e irreales como las de aquellos coches, historias dignas de ser vividas, de ser contadas. 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Delirios


Lo siento, es algo tan grande como la propia naturaleza humana. Es el éxito configurado, la fama de una personalidad, la gloria de una versión olvidada de mí mismo.
Ya perdí la cuenta de los cigarrillos que aspirado, de las malas noches, de las botellas de ese alcohol que sabe a madera vieja. No sé la cantidad de éxtasis que encontrarían en mi sangre. Sinceramente no recuerdo ni nombre. Ese nombre que otros muchos si pronuncian, ese nombre que me ha enseñado la mejor cara de la vida, ese nombre que me ha mostrado el lado más amargo del camino.
Mis pequeños delirios han sido mis más profundas enfermedades. La locura ha hecho de mis días una aventura difícil de entender, en un mismo paso suelo ganar y perder. Quieren mi horror, mis miedos y mi sentido del humor. Carecen de criterios de autodeterminación, pues en mis debilidades encontrarán sus más terribles perdiciones.
Porque pudo conmigo, podrá con ellos. Es el límite, es la gravedad, es el crimen de un hombre atado, la barbarie de una sociedad con miedos la que terminará por destruir todo lo que un día ella misma forjó. Y es que estimados amantes de la cordura, las grandes historias también se hicieron para contar los grandes fracasos, un fracaso tan real como doloroso, un fracaso tan cierto como mi propia vida.
En algún momento el filo de amargura terminará por tumbarme, no podré responder por la sumisión de mis días en esa oscuridad a la que siempre he retado. El servicio de un hombre al mundo puede aportar maravillas o desgracias, yo ya decidí mi camino. Querida perdición, cada día te quiero un poco más.
Y no me arrepiento, mi decisión ha sido solo mía. Siento quitarte el protagonismo al que estas acostumbrado para decirte que no vales nada, que has sido un olvidado cero a la izquierda. Y me gustaría achacarte todas y cada una de mis desgracias, me encantaría gritarle al mundo lo cobarde que has sido. Pero en esta ocasión, no es el veneno de tus labios lo que tortura, es otro tipo de amargura.
Quiero el mundo, lo quiero todo. Y por querer tanto me dejaron de querer hasta el punto de querer no querer, hasta el punto de implorar querer.
Confesiones compartidas de un perturbado, de un hombre al cual el aire no le basta para respirar. 

sábado, 20 de octubre de 2012

A golpe de ron


Han pasado meses desde aquel fatídico día que cambio nuestras vidas. Han pasado muchas lágrimas desde entonces. Querida Rebeca, han pasado siglos sin verte.
Tengo que reconocer que no estaba preparado para enfrentarme yo solo a esto. No me sentía capaz de echar a volar sin tu mano, de caminar sin tu apoyo, de reír sin tu sonrisa o de llorar sin tu hombro. No entiendo cómo te marchaste sin decirme nada, no comprendo cómo tu partida resultó tan efímera, casi inexistente.
Estimada Rebeca, te di mi todo. Cuando me mirabas sentía plenitud, abrigo y amor. Ese amor que solo tú me has dado, ese cariño que hasta en los peores momentos siempre se hacía notar. Eras esa persona por la que brillaban mis ojos, esa luz que iluminaba mis miedos para vencerlos, ese roble que me daba sombra y ese soplo de aire fresco cuando sentía asfixia.
No entiendo que nos pasó. No sé si fue la culpa, el castigo. Tal vez fue el error de un joven loco enamorado de cada rincón de tu ser, de tu olor, de tu sabor. Quizás fueron las mentiras de un pasado bucanero, de una guerra de fuerzas en la que no dominó la razón. Pero a pesar de ello, yo estuve ahí.
No te guardo rencor. Todo lo contrario, te amo cada día un poco más. Es esta enfermedad que me desquicia la que me hace quererte cada segundo, cada suspiro un poco más. Y no es de extrañar, un amor como el que nos arropó no se puede olvidar a simple golpe de ron. Sería toda una cobardía engañar a mi razón cuando el único motivo que tiene este viejo corazón para seguir latiendo es verte una vez más. Porque eres el primer pensamiento de mis mañanas y el ultimo recuerdo de mis noches.
Oigo las llaves de casa abrir la puerta de nuestro salón. No sé si será el sabor de un amargo final que viene a buscarme para no volver, si será la derrota que viene a dejarme mi mayor fracaso o la locura, que ya viene tocando en mi puerta desde que tú no estás.
Amada Rebeca, gracias por venir.