Han pasado meses desde aquel fatídico
día que cambio nuestras vidas. Han pasado muchas lágrimas desde entonces. Querida
Rebeca, han pasado siglos sin verte.
Tengo que reconocer que no estaba
preparado para enfrentarme yo solo a esto. No me sentía capaz de echar a volar
sin tu mano, de caminar sin tu apoyo, de reír sin tu sonrisa o de llorar sin tu
hombro. No entiendo cómo te marchaste sin decirme nada, no comprendo cómo tu
partida resultó tan efímera, casi inexistente.
Estimada Rebeca, te di mi todo.
Cuando me mirabas sentía plenitud, abrigo y amor. Ese amor que solo tú me has
dado, ese cariño que hasta en los peores momentos siempre se hacía notar. Eras
esa persona por la que brillaban mis ojos, esa luz que iluminaba mis miedos
para vencerlos, ese roble que me daba sombra y ese soplo de aire fresco cuando
sentía asfixia.
No entiendo que nos pasó. No sé
si fue la culpa, el castigo. Tal vez fue el error de un joven loco enamorado de
cada rincón de tu ser, de tu olor, de tu sabor. Quizás fueron las mentiras de
un pasado bucanero, de una guerra de fuerzas en la que no dominó la razón. Pero
a pesar de ello, yo estuve ahí.
No te guardo rencor. Todo lo
contrario, te amo cada día un poco más. Es esta enfermedad que me desquicia la
que me hace quererte cada segundo, cada suspiro un poco más. Y no es de
extrañar, un amor como el que nos arropó no se puede olvidar a simple golpe de
ron. Sería toda una cobardía engañar a mi razón cuando el único motivo que
tiene este viejo corazón para seguir latiendo es verte una vez más. Porque eres
el primer pensamiento de mis mañanas y el ultimo recuerdo de mis noches.
Oigo las llaves de casa abrir la
puerta de nuestro salón. No sé si será el sabor de un amargo final que viene a
buscarme para no volver, si será la derrota que viene a dejarme mi mayor
fracaso o la locura, que ya viene tocando en mi puerta desde que tú no estás.
Amada Rebeca, gracias por venir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario