lunes, 7 de mayo de 2012

La soprano.


La señora soprano se colocó el pendiente de zafiro que le quedaba por poner. Se repasó una vez más la  línea que le bordeaba el ojo y se pintó, por quinta vez, sus labios color carmín. Todo debía salir perfecto; todo debía estar perfecto.
Los nervios hacia ya una hora que se habían apoderado de ella. No podía ocultar que el escenario le reclamaba y que todas las miradas se posarían sobre ella y sobre su tan delicada voz. Quiso reprimir la lágrima que clamaba miedo pero no pudo. A pesar de todo, era frágil.
Ocultó la única arruga que tenía su vestido y se puso el broche color dorado que le había regalado su madre años atrás. El telón se levantaría en breves minutos y debía salir a escena en cuanto el público la llamase con sus aplausos.
Al subir las estrechas escaleras que conducían al tablón del arte, vio de lejos al pianista que tocaría la pieza con la que ella cantaría. Se trataba de un joven de treinta y dos años, pelo negro y ojos color esperanza, con un porte elegante que derrochaba formalidad aunque con aires de juventud propios de la edad.  Todos le conocían por “el teclas” aunque Celia, la prestigiosa soprano, le conocía como Joaquín, sobre todo en la cama.
La cantante se colocó con la cabeza gacha al lado del piano. Todo estaba preparado para que la pieza sonara en breves momentos. Incluso la luz ya tenía el tenue color mortecino de las noches sombrías.
La tela roja del gran teatro se alzó con lentitud. Celia entonó la primera nota que abría la obra en aquella sala y justo entonces su mirada chocó con los ojos de hierro de su marido. La miraba atento, de forma inquieta y expectante, quizás algo nervioso por el asesinato que estaba a punto de cometer.
Celia notó la tensión que se localizaba en la primera fila del teatro, aunque el público le pedía con su mirada que no dejara de cantar, era su deber, aunque la muerte estuviera tocando en la cara de todos ellos.
Alfonso, el esposo de la soprano, se levantó de su butaca color rojizo y se quedó plantado ante la sorpresa de todo un teatro. Sacó del bolsillo izquierdo de su elegante chaqueta un revolver que sentenciaría su venganza y apuntó, con mano firme a la cantante, a su esposa.  Celia interrumpió su función con un grito aun más agudo que las notas de la partitura. En ese momento, sonó un disparo ensordecedor seguido de los gritos de la multitud.
No sintió nada salvo miedo. No había dolor, no había herida ni tampoco sangre. Entonces se dio cuenta de que el disparo no lo recibió ella, si no su querido amante, “el teclas”. Se encontraba con medio cuerpo sobre su piano, con un disparo en el pecho que lo dejó muerto sobre su instrumento.
Alfonso salió corriendo del teatro dejando a Celia con la voz  apagada y a Joaquín muerto en aquella sala ya vacía. Entonces, justo cuando la soprano comprendió lo que había ocurrido, comenzó su llanto, comenzó a sangrar la herida de su corazón y el dolor de su alma. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario