La señora soprano se colocó el pendiente de
zafiro que le quedaba por poner. Se repasó una vez más la línea que le
bordeaba el ojo y se pintó, por quinta vez, sus labios color carmín. Todo debía
salir perfecto; todo debía estar perfecto.
Los nervios hacia ya una hora que se habían
apoderado de ella. No podía ocultar que el escenario le reclamaba y que todas
las miradas se posarían sobre ella y sobre su tan delicada voz. Quiso reprimir
la lágrima que clamaba miedo pero no pudo. A pesar de todo, era frágil.
Ocultó la única arruga que tenía su vestido
y se puso el broche color dorado que le había regalado su madre años atrás. El
telón se levantaría en breves minutos y debía salir a escena en cuanto el
público la llamase con sus aplausos.
Al subir las estrechas escaleras que
conducían al tablón del arte, vio de lejos al pianista que tocaría la pieza con
la que ella cantaría. Se trataba de un joven de treinta y dos años, pelo negro
y ojos color esperanza, con un porte elegante que derrochaba formalidad aunque
con aires de juventud propios de la edad.
Todos le conocían por “el teclas” aunque Celia, la prestigiosa soprano,
le conocía como Joaquín, sobre todo en la cama.
La cantante se colocó con la cabeza gacha al
lado del piano. Todo estaba preparado para que la pieza sonara en breves
momentos. Incluso la luz ya tenía el tenue color mortecino de las noches
sombrías.
La tela roja del gran teatro se alzó con
lentitud. Celia entonó la primera nota que abría la obra en aquella sala y
justo entonces su mirada chocó con los ojos de hierro de su marido. La miraba
atento, de forma inquieta y expectante, quizás algo nervioso por el asesinato
que estaba a punto de cometer.
Celia notó la tensión que se localizaba en la
primera fila del teatro, aunque el público le pedía con su mirada que no dejara
de cantar, era su deber, aunque la muerte estuviera tocando en la cara de todos
ellos.
Alfonso, el esposo de la soprano, se levantó
de su butaca color rojizo y se quedó plantado ante la sorpresa de todo un
teatro. Sacó del bolsillo izquierdo de su elegante chaqueta un revolver que
sentenciaría su venganza y apuntó, con mano firme a la cantante, a su
esposa. Celia interrumpió su función con
un grito aun más agudo que las notas de la partitura. En ese momento, sonó un
disparo ensordecedor seguido de los gritos de la multitud.
No sintió nada salvo miedo. No había dolor,
no había herida ni tampoco sangre. Entonces se dio cuenta de que el disparo no
lo recibió ella, si no su querido amante, “el teclas”. Se encontraba con medio cuerpo
sobre su piano, con un disparo en el pecho que lo dejó muerto sobre su
instrumento.
Alfonso salió corriendo del teatro dejando a
Celia con la voz apagada y a Joaquín
muerto en aquella sala ya vacía. Entonces, justo cuando la soprano comprendió
lo que había ocurrido, comenzó su llanto, comenzó a sangrar la herida de su
corazón y el dolor de su alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario